Diferentes zonas donde criar, dejar dormir al vino, su reposo y, por supuesto, degustar.
En cada zona una luz. distintos materiales. Cada espacio pensado, diseñado y ejecutado para su fin, pero todos ellos engarzados, alineados, en comunión. Y digo en comunión, no gratuitamente, sino porque hay una zona catedralicia, donde los depósitos, iluminados con la grandeza que requieren, crian los caldos desde su inicio, entre inoxidables, madera y hierro. A continuación, hormigón, que aunque parezca imposible parece que abriga. La luz, tenue, de descanso, de crianza con mimo. Las fotografías igual, imitando la atmósfera creando, dejándose llevar por la energía desprendida.
En la misma planta, para no perder esa sensación, la capilla, recogida, donde degustarlos en un espacio íntimo. Unida por alabastro con la sala de catas oficial. Alabastro como buen lugar de culto. Luz filtrada, cálida. Acabados a medio acabar, pero acabados. Todo en orden y concierto.